Cuando el pasado intenta juzgar al futuro. Un desafío para abogados, jueces, legisladores y ciudadanos

Las nuevas generaciones enfrentan una realidad distinta y, con ella, nuevos desafíos para la sociedad y el derecho. En este artículo reflexionamos sobre la brecha generacional, la evolución social y la necesidad de que abogados, jueces, legisladores y ciudadanos comprendan los cambios que están transformando nuestra realidad jurídica.

Héctor Lemus

8/22/20264 min read

Existe una escena que se repite generación tras generación, quizás desde que el mundo es mundo. Los adultos observan a los jóvenes y concluyen que algo se ha perdido, que ya no existen valores, que las nuevas generaciones son menos responsables, que viven distraídas, que no comprenden ni saben del sacrificio, que el mundo va en dirección equivocada, etcétera. Lo curioso es que exactamente esas mismas críticas fueron formuladas hace cincuenta años por quienes entonces eran adultos, y probablemente también se formularon hace cien, doscientos o mil años.

La brecha generacional no es un fenómeno nuevo. Aún recuerdo cuando mis abuelos se quejaban de los jóvenes. Yo era muy niño y no entendía nada de lo que se decía, hasta que llegué a los 18 años y sufrí en carne propia los comentarios de los mayores. Hoy, que he rebasado los cincuenta y que he comenzado a quejarme de los más jóvenes, he caído en cuenta de mi falta de objetividad y puedo afirmar que lo verdaderamente preocupante es que, cuando llegamos a la adultez plena, dejamos de intentar comprender a quienes vienen detrás de nosotros y comenzamos a medirlos exclusivamente con las reglas del mundo que nos tocó vivir.

Porque cada generación es hija de su tiempo. Mientras nuestros abuelos crecieron en un mundo donde la estabilidad era un valor supremo, a nuestros padres les tocó vivir una época donde el trabajo duro y la permanencia eran sinónimos de éxito, y a muchos de nosotros nos enseñaron que el esfuerzo constante era la única vía para construir patrimonio y seguridad.

Lejos de lo anterior, los jóvenes actuales habitan una realidad completamente distinta. Han nacido en una sociedad hiperconectada, digitalizada y global. Se relacionan de formas que para generaciones anteriores resultan extrañas e incomprensibles. Obtienen información a una velocidad nunca antes vista, cuestionan estructuras que durante décadas parecieron inamovibles y se enfrentan a desafíos económicos, tecnológicos, ambientales y sociales que simplemente no existían cuando nosotros teníamos su edad.

Entonces, considero que pretender que respondan a esos desafíos utilizando exactamente las mismas herramientas, valores y soluciones que funcionaron hace treinta o cuarenta años es desconocer la naturaleza misma del cambio social.

Desde luego, ello no significa que toda transformación sea positiva. Tampoco implica que debamos renunciar a transmitir experiencia, principios o valores; pero debemos tener claro que existe una diferencia enorme entre orientar y juzgar, entre enseñar y descalificar, entre acompañar y condenar, etcétera.

Así, cada avance importante de la humanidad fue visto por alguien como una amenaza a las tradiciones. Por ello, la verdadera sabiduría no consiste en aferrarse obstinadamente al pasado ni en aceptar acríticamente toda novedad, sino en comprender que la sociedad evoluciona y que cada generación aporta algo al proceso de construcción colectiva.

Y es precisamente aquí donde esta reflexión adquiere una relevancia especial en este espacio jurídico, pues pone de manifiesto que el derecho tampoco es inmune al cambio. Las leyes, las instituciones, los tribunales y los criterios judiciales son producto de las necesidades, preocupaciones y valores de una sociedad en constante transformación, donde muchas conductas que antes eran consideradas aceptables hoy resultan inadmisibles; donde los derechos que hace algunas décadas ni siquiera eran reconocidos hoy forman parte esencial de nuestro sistema jurídico; donde las formas de impartir justicia, de interpretar la ley y de resolver conflictos evolucionan al mismo ritmo que evolucionan las personas.

Por ello, quien pretenda comprender el derecho únicamente a través de los paradigmas del pasado corre el riesgo de quedarse observando una realidad que ya no existe.

El desafío para abogados, jueces, legisladores y ciudadanos consiste en encontrar un equilibrio: conservar aquellos principios que siguen siendo valiosos y, al mismo tiempo, tener la sensibilidad suficiente para entender que la sociedad cambia y que el derecho debe acompañar esa transformación.

Con frecuencia olvidamos que aquello que hoy criticamos en los jóvenes es, muchas veces, una respuesta lógica al mundo que nosotros mismos contribuimos a construir. Por ende, no es que las nuevas generaciones sean mejores ni peores; quizás solo son distintas y, precisamente por ser distintas, pueden ver cosas que nosotros ya no vemos.

En otras palabras, las nuevas generaciones pueden identificar problemas que las generaciones anteriores hemos normalizado; pueden cuestionar prácticas que durante años aceptamos sin reflexión; pueden impulsar cambios que inicialmente generan incomodidad, pero que con el tiempo terminan convirtiéndose en nuevos consensos sociales. La historia está llena de ejemplos:

  • Hubo épocas en las que se consideró normal negar derechos a las mujeres.

  • Hubo momentos en que ciertas formas de discriminación eran socialmente aceptadas.

  • Hubo instituciones que parecían inamovibles hasta que una nueva generación decidió cuestionarlas.

Al final, la historia será quien juzgue a cada generación.

Mientras tanto, dado que las nuevas generaciones no están necesariamente equivocadas, sino que simplemente están aprendiendo a vivir en un mundo que ya no se parece al que nos tocó a nosotros construir, quizás la mejor decisión que podemos tomar sea sustituir la crítica inmediata por la curiosidad, el prejuicio por la empatía y la nostalgia por la comprensión.

Héctor Lemus | Salud Jurídica.

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